Mucha mierda

Fuck This Shit, Belle & Sebastian

Si creéis que voy a dedicar esta entrada a cambiar pañales, a llenarse hasta arriba de las evacuaciones de nuestros preciosos bebés o a sufrir esos procesos gastrointestinales que dejan las lavadoras echando humo… Estáis equivocados. No va de eso.

Tampoco está relacionado con el teatro. Ni con la suerte (por mucho que la gente optimista quiera vincularlo).

Esta entrada se refiere a mi calle. Una mierda de calle. En sentido literal.

Me gustaría poder encontrar un eufemismo para hablar sobre ello sin herir sensibilidades. Pero voy a ser cruda. Y voy a llamarlo por su nombre.

Mi calle está llena de mierdas de perro. Creo. Apuesto por ello. Pero tampoco pondría la mano en el fuego. Este barrio está de moda. Y la noche, y los apretones, pueden causar efectos no deseados también en humanos. Pero mejor no lo pienso.

Caminar por ella es una verdadera prueba de obstáculos. No apta para despistados. Ni para ruedas de carro. Ni para niños descontrolados (como los míos). Porque si ya es desquiciante estar alerta de que no tropiecen y se caigan sin más, con este panorama añado otro miedo. Que al caer pongan la mano donde no toca… Y que no sea de morros…

Mi calle es estrecha, de aceras estrechas, y de unos 100 metros de longitud. Pero tenemos la dicha de tener tres contenedores de basura en ella. También contamos con la clásica abuela que pone comida a los gatos debajo de los coches. Y por si fuera poco tenemos el otro marrón. El de las cacas. Está plagado. Y con la crisis, cada vez se limpia menos. En cuanto veo un perrillo pasear me pongo en alerta, vigilante. Y si es el San Bernardo de la pelirroja me echo a temblar.

La culpa, ya sabéis, no es de los animales (chuchos, quiero decir). Es de sus dueños. Que pertenecen seguramente a uno de estos grupos:

  1. Los que han vivido otra época. La época guarra debe ser. En la que se arrojaban por la ventana las aguas menores. Aunque yo creía que esto sucedía no más allá de la Edad Media. Pero a saber la posguerra lo que trajo…
  2. Pijos que miran hacia otro lado en el momento “popó”. Su finura les impide agacharse para esos menesteres. De hecho, sus perros no cagan.
  3. Una nueva modalidad. Los avispados. Aquellos que llevan la bolsita sólo para disimular. Son aseados en apariencia y en sus casas mejor no mirar bajo la alfombra.
  4. Guarros, sin más. Que los hay. Y seguramente son los más numerosos.

¿Y la conciencia social? ¿la higiene? ¿la vergüenza? Ay, perdonad, que hablo de España…

Porque el problema de mi calle, es el problema de otras calles de mi ciudad. De mi ciudad entera. Y por extensión, de mi país. “Que huele a ajo”, decía la Beckham. Ay, a mi me huele a otra cosa…

¿Cómo no van a rescatarnos?

Vuelvo al tema. Que de verdad, no es un tema anodino, aunque sí escatológico.

Ir a los parques, por ejemplo, es como ir a la guerra. Dejamos a los niños apartados mientras revisamos el terreno. Evitando las minas antipersona. Y cuando voy a poner la manta del pic-nic lo compruebo de nuevo. Y me cuesta disfrutar. Esa imagen boca-mano-cabeza-rodilla sobre una boñiga me puede.

Hoy, para rematar, he pisado una. Que da suerte dicen. Pues con las expectativas que nos rodean, lo dudo. Bueno, sí es verdad que hemos conseguido aparcar en el centro sin soltar un duro. Pues nada, ahí está la suerte que me tocaba.

Y ya lo dejo… Espero con esta entrada remover conciencias, y no remuevo nada más. Que ya huele.

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7 pensamientos en “Mucha mierda

  1. Todo lo que comentas es una mierda, valga la redundancia. Cuando nosotros teníamos a Rufián, que cagaba unas buenas ñordas, no era agradable agacharse hacia el monumento humeante con todos sus matices de olores y recogerlo con la bolsa, pero lo hacíamos por respeto a los viandantes. Lo de recoger las cacas de los perros es una cuestión de cultura, educación y civismo, valores que brillan por su ausencia en un elevado porcentaje de la población. Es curioso, sin embargo, cómo te acostumbras a convivir con la inmundicia. Hasta que no nos hemos mudado a un sitio más aburrido pero infinitamente más limpio por motivos laborales no nos hemos dado cuenta del asco que da a veces pisar la calle en la, por otro lado, fascinante capital del Turia. Tras pasar varios meses sin oler a meados ni cacas ajenas ni ver contenedores destripados con la basura desparramada, volvimos un fin de semana al Carmen y nos daba hasta repelús bajar a Irene del carro. Una pena, porque mira que mola Valencia, pero qué cuesta arriba se hace vivir entre tanto marrano y tanta dejadez municipal que, como dices, no hace sino agravarse con la excusa de la crisis. (Eso sí, a las flores del Pont de les Flors, que tanto gustan a nuestra alcaldesa, que no les falten agua ni arreglos).

  2. Tranquila, aquí en mi ciudad, también lucimos muuuchas cacuelas, y chicles, y escupitajos… (por llamarlas finamente…). Es un asco todo, las cacas, las personas guarras y los ayuntamientos que gastaron la pasta en tonterías y ahora no tienen para limpiar.

    Muy bueno el post!

  3. Pero qué pretendemos esperar en un país en el que está permitido socialmente que los hombres adultos ‘se la saquen’ y meen en cualquier pared de cualquier edificio…????
    No se qué me produce más rechazo la verdad…

  4. Sí que se sale de lo normal, Susana. Por dos razones, 1. porque yo tengo la teoría de que Valencia es la ciudad con más perros de España (aquí no hay ni la mitad), 2. esto no estaría tan mal si la gente recogiera las cacas, pero no es así, vamos que aquí es algo raro encontrarte una por la calle y lo de Valencia no es normal…

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