De perder el sentido

I Can’t Help Myself, The Four Tops

Lo que ha cambiado la maternidad. En unas cosas a mejor, en otras a peor. Pero sin duda, ha evolucionado. Ahora nos leemos el manual de “buenas madres” mientras estamos embarazadas y contradecimos los “sabios consejos” de las que ya fueron madres, las nuestras.

Porque no siempre tienen razón, claro está, y decir, por ejemplo, que “llorar es bueno para los pulmones” no tiene sustento ciéntifico. Y no cuela. Pero otro día hablaré de esto.

Hoy hablo de algo que es universal. Que han hecho nuestras madres y abuelas. Padres. Tías. Hermanas. Hablo de hacer el ridículo. Y lo peor, sin darte cuenta. Porque tener un hijo te anula el sentido común y te rebaja el nivel intelectual. Por los suelos, diríamos.

Una de esas cosas que causan vergüenza ajena antes de tener familia, es observar a un padre baboso animando a su hijo para que haga alguna hazaña absurda. Un monillo de feria, tal cual. ¿Pero no se da cuenta de que está haciendo el tonto?

Pues no, no se da cuenta. Hacerle carantoñas al bebé hasta escupirle esperando respuesta (o no), dejarle el móvil para que simule hablar, el mando para que simule ver la tele, hacerle bailar delante de la cajera del súper sin música al ritmo de las palmas, ponerle gafas de sol para retratarlo (aunque se niegue e incluso llore para evitarlo), hacerle contar del 1 al 10 u obligarle a enumerar las marcas de coche que sabe de memoria…Son prácticas habituales. En mi caso, añado alguna específica, como enseñarle a hacer cuernos con los dedos. En plan heavy. Yo qué sé por qué o para qué. O sentarlo al sofá con menos de 3 meses (repito, ¡sentarlo!), como si leyera un libro. ¡Y grabarlo en vídeo!

Es gracioso. Y punto. Y haces el ridículo más absoluto. Pero eso ocurre desde que nacen. Normalmente pasa sólo con los tuyos. Antes no. Después, ya, con cualquier bebé. La subnormalidad, una vez te alcanza, no tiene remedio. Y no puedes evitarla.

Ooooo, sugar pie, honey bunch,
You know that I love you.
I can’t help myself,
I love you and nobody else.

In and out my life (in and out my life),
You come and you go (you come and you go),
Leaving just your picture behind,
(Ooo-ooo-ooo-ooo.)
And I kissed it a thousand times.
(Ooo-ooo-ooo-ooo.)

When you snap your finger or wink your eye,
I come a runni’g to you.
I’m tied to your apron string,
An’ there’s nothin’ that I can do.
(Ooo-ooo-ooo-ooo.)

Es como comprarle el equipaje de tu equipo de fútbol (o de lo que sea) a un bebé de 5 meses. La ilusión que le hace a esa familia (bueno, si están de acuerdo, si no, menudo drama). Y ver con los años que al niño no le gusta el fútbol. Y que de adulto, aborrezca esas fotos. Y piense, resignado, “es que mis padres estaban subnormales”… Así, es. Lo estamos. Yo a los míos desde pequeños también los disfrazo. Con camisetas molonas de grupos molones. Vampire Weekend, Pixies, Pulp, Mogwai… ¡Es que están monísimos! Y luego igual me salen bakalas. Pero no puedo evitarlo. Y por ahora se dejan. Aprovechemos.

Luego están las cosas que les enseñas, y te pasan factura. Porque una tiene prisa porque hagan cosas, y se hagan mayores. ¡Es tan divertido!. Sobre todo con el primero. El segundo y demás, las aprenden del mayor. Y entonces ya no te hace gracia.

Como enseñarle desde bebé a apagar y encender las luces, y es gracioso al principio, “mira, mira cómo apaga y enciende la luz” (todo siempre es gracioso al principio) “mira, mira cómo le da al tambor”, “mira, mira cómo tira la cuchara”, “mira, mira cómo abre los cajones”, “mira, mira cómo dice tonto”, “mira, mira cómo abre el grifo”…y todo eso se transforma en “¡deja de encender y apagar las luces que esto parece una discoteca!”, “¡me estás taladrando el tímpano con el tambor!”, “¡deja ya los cajones tranquilitos!”, “¡que no me digas tonto, ni a mi ni a los niños del parque!”, “¡me vas a inundar la casa!”… ¿os suena? Pues culpa nuestra. Ellos están poniendo en práctica nuestras enseñanzas. Son obedientes. Y les encantó vernos sonreir la primera vez que lo hicieron. Y quieren más. Son así de tiernos.

También están esas cosas que pensaste que no serías capaz de hacer con tus hijos. Pero que a veces resulta inevitable. Yo reconozco haber hecho alguna. Y he quitado mocos con las manos, por no tener pañuelo, o una mancha de la cara con mi saliva. Sí, señores. Soy un desastre. No siempre voy bien equipada (odio los bolsos repletos en plan Srta. Pepis) y eso tiene sus consecuencias. O les he puesto el termómetro cada cinco minutos, a ver si subía o bajaba la fiebre, en plan madre histérica. Y los he llevado en brazos con casi cuatro años. La mayoría de veces porque me lo han pedido (una que es muy blanda), y otras porque voy de culo a todas partes y los niños andan despacio (¿de dónde narices salen esas madres perfectas, con caras y cabellos perfectos, que van con tiempo de sobra y los niños impolutos y caminan sin prisa por la calle?).

La lista de cosas absurdas es larga y podría estar aquí el día entero…Ponerles zapatitos, botas, (o las mega molonas converse), cuando no lo necesitan ¡porque no andan!, correr a urgencias porque tienen mocos (luego una aprende que lo excepcional es no tenerlos), ir subiéndolos a todas las motos que hay aparcadas en la acera, o ir a la Feria y subir con ellos a los trenecitos (¡vaya horror!).

Y es que nos volvemos tontos. Nos convertimos en esa pringada que babea cuando te abrazan o te llaman “mamá”, o la que llora años más tarde al encontrarse un calcetinito que le pusieron al nacer, o la que acaba colgando en Facebook las fotos de sus hijos cuando dijo que nunca lo haría.

Ya advertí que tener hijos rebaja el nivel intelectual. Lo cual queda de sobra demostrado cuando te encuentras con algún amigo, que no es padre, y te habla de los últimos ocho conciertos a los que ha ido, incluido el de Patti Smith, o del libro de Murakami que acaba de leer, o de la última película más independiente y rara posible que ha visto en la filmoteca, o del documental de moda… Y tu universo, de repente, se contrae. Y de camino a casa te descubres una mancha de mocos (¡qué si no!) en el hombro, y te sientes patética.

Al poco te acuerdas de tus pequeños punkies, y regresas a la subnormalidad habitual. En la que te sientes cómoda. Qué demonios… ¡eres feliz! Das un respingo y piensas que cuando todo vuelva a ser como antes recuperarás el tiempo perdido, el ocio. El sentido común… Todo. Si es que vuelve.

Cruzo los dedos.

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4 pensamientos en “De perder el sentido

  1. Buenísimo, Susana. Si tanto maquetar no ha empeñado tu verbo periodístico, unos mocos más que menos y unas capulladas a destiempo arriba unas carantoñas injustifcadas abajo tampoco van a impedir que regreses al rocanrol way of life 😉

    Ah, ¡¡y ponerles camisetas de grupos no es ñoño!! Con lo guapa que iba Irene con su camiseta del Goo de Sonic Youth…

  2. Muy bueno Susana !! Mi nivel intelectual esta en negativo ! Sobre todo por las cosas q dige que nunca haría y las hago todo los días !! Me las como con patatas, sobre todo la de mantener la calma y lo gritar, lo intento pero lo lo consigo . Un beso

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